Santoral de hoy

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San Pedro Armengol

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Pedro vino al mundo hacia 1234, en Guardia dels Prats, aledaño de la tarraconense villa de Montblanch.

Su padre era hombre situado, de alcurnia, gozador de buenos apoyos en la corte de Barcelona. La madre, un primor de mujer, de esposa, de educadora.

Él cuidaba de la hacienda, entendía en los sembrados y los ganados, acaudillaba su mesnada cuando el rey llamaba a la guerra. Y tan pronto como podía desembarazarse, volvía al hogar, donde le esperaba el embeleso de su entrañable esposa y de su encantador Pedrito.

Eran felices los tres. Total, absoluta, inconmensurablemente felices. Y de aquella dicha participaban también los domésticos, los súbditos, los campesinos, los pobres.

Pedro podía aspirar a todo, y para todo empezaron a prepararlo desde la cuna.

Pero el idilio se quebró. Un día aciago murió la esposa adorable, aquella madre tierna.

El niño andaría por los seis u ocho años. Fue la locura. El padre se alienó en su trabajo, en sus armas, en la política, … huyendo del hogar, evadiendo los recuerdos. Y descuidó al hijo.

Pedro se descompuso; se halló solo, se sintió indefenso. Empezó a incubar un rencor profundo. Se fue tornando hosco, altanero, peleón. Afloró su carácter fuerte y una ambición desmesurada. Y, aún jovencito, se vio metido en riñas y peleas, que degenerarían en serios altercados y en el homicidio. Huyendo, se vino a encontrar jefe de una partida de bandoleros que operaba desde la sierra de Prades.

No hubo fechoría que no cometiera, ni desmán de que repugnara. Sorprendía, atacaba, robaba, huía … Se convirtió en el terror, en el salteador que siempre estaba en el punto justo. Y así buen tiempo, bastantes años.

Pero arriba velaba por él su santa madre. Un día cayó, rabioso y temerario, sobre una patrulla que llegaba preparando el paso del Rey, se fue contra el que mandaba la tropa, y se halló midiendo la espada con su propio progenitor. Padre e hijo se cruzaron una mirada de reproche mutuo y de arrepentimiento recíproco; el padre cayó en cuenta de su culpable dejación; el hijo se percató del envilecimiento a que había llegado. Rindió el acero a su procreador, se entregó a la justicia, se avino a siniestras consecuencias. Empero pesó el apellido, se evidenció su conversión sincera …., y fue indultado por el rey don Jaime.

Aposentado en Barcelona, enseguida entró en contacto con Pedro Nolasco, y, con el toque del cielo, entendió que en la Orden de Nuestra Señora de la Merced podría expiar sus graves crímenes, reparar sus iniquidades, saciar su congénita fogosidad.

Y se entregó. Vistió el hábito, hizo el noviciado, cursó los estudios pertinentes, se ordenó sacerdote y, muy luego, fue nombrado redentor, ministerio arriesgado que desempeñó varias veces en la Andalucía mora y en África.

En ello estaba el año 1266. Visitó las mazmorras, consoló a los deprimidos, curó a los llagados, gastó un buen dinero en comprar a cuantos pudo, los más hundidos. Y cuando no quedaba ni un penique, descubrió unos niños y muchachos que, entendió, se perderían si no los rescataba; ajustó su precio en mil áureos y se quedó en prenda de aquel dinero, que el fraile compañero había de aportar en el plazo de un año.

Fue aquel un año intenso, el mejor de su vida: catequizó, animó, condolió, se convirtió en el paño de lágrimas de los cautivos. También clamó, vociferó, fustigó, insultó a los inicuos esclavistas.

Mas pasaban los días, los meses ….. el compañero no volvía. Se venció el plazo, el año convenido. Los traficantes, hartos de él, de sus bondades, de sus imprecaciones, creyéndose burlados, lo colgaron de un árbol.

Muy luego accedieron otros frailes –que habían tenido dificultades en el mar- para realizar la redención anual y liberar su rehén; avisados de la desgracia, corrieron a la horca y encontraron que fray Pedro, después de tres días de ajusticiado, seguía vivo, por favor especial de la santísima Virgen cuya presencia el Ahorcado había experimentado.

Vuelto a su convento de Guardia dels Prats, vivió aún muchos años, conservando siempre el cuello torcido y el color macilento. Allí era comendador por los años 1291, allí murió en 1304, allí se conserva la parte de sus huesos que no fueron quedamos en 1936. El 3 de marzo de 1626, Urbano VIII, y el 8 de Abril de 1687, Inocencio XI, reconocieron su culto inmemorial y lo canonizaron

La nada y el todo

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MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA DE LA DOMUS SANCTAE MARTAHE

Lunes 17 de junio de 2013

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 25, viernes 21 de junio de 2013 «La nada es semilla de guerra, siempre; porque es semilla de egoísmo. El todo, lo grande, es Jesús».

Sobre la correcta comprensión de este binomio se basa la mansedumbre y la magnanimidad que caracteriza al cristiano.

Así lo aclaró el Papa Francisco el 17 de junio. Comentando las lecturas del día —de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (6, 1-10) y del Evangelio de Mateo (5, 38-42)— el Pontífice se centró en el significado de «un clásico» de las enseñanzas evangélicas, es decir, el sentido de lo que Jesús dice respecto de la bofetada recibida en la mejilla, cosa a la que el cristiano responde ofreciendo la otra mejilla.

Algo —dijo el Papa— que va contra la lógica del mundo, según la cual a una ofensa se responde con una reacción igual y contraria. En cambio la ley de Jesús, su justicia, «es otra justicia, totalmente distinta a la del “ojo por ojo, diente por diente”».

El Santo Padre se refirió luego a la frase con la que Pablo concluye la página del pasaje leído durante la liturgia. Porque —explicó— «nos dice una palabra que tal vez nos ayudará a comprender el significado de la bofetada en la mejilla y otras cosas. Acaba, en efecto, diciendo esto: “Como gente que no tiene nada, y sin embargo, lo poseemos todo”». «Creo que es ésta —precisó— la clave de interpretación de esta palabra de Jesús, la clave para interpretar bien la justicia que Jesús nos pide, una justicia superior a la de los escribas y fariseos».

¿Cómo se resuelve la tensión entre la nada y el todo? El todo constituye la seguridad cristiana: «Nosotros estamos seguros de que lo poseemos todo, todo —insistió— con la salvación de Jesucristo. Y Pablo estaba convencido de ello hasta el punto de decir: Para mí lo que importa es Jesucristo, lo demás no interesa. En cambio para el espíritu del mundo el todo son las cosas: las riquezas, la vanidad, la importancia», y, al contrario, «la nada es Jesús». Ello —prosiguió el Santo Padre— se expresa en el hecho de que si a un cristiano se le pide diez, «él debe dar cien», porque «para Él el todo es Jesucristo».

Este es «el secreto de la magnanimidad cristiana, que va siempre con la mansedumbre. El cristiano es una persona que ensancha su corazón con esta magnanimidad. Tiene el todo, que es Jesucristo; las demás cosas son la nada. Son buenas, sirven, pero en el momento de la confrontación elige el todo» que es Jesús. Seguir a Jesús —previno el Pontífice— «no es fácil, pero tampoco es difícil, porque en el camino del amor el Señor hace las cosas de modo tal que nosotros podemos seguir adelante.

Y el Señor mismo nos ensancha el corazón». Cuando, en cambio, se tiende a seguir la nada, entonces «surgen los enfrentamientos en las familias, con los amigos, en la sociedad.

También los enfrentamientos que terminan en la guerra», porque «la nada es semilla de guerra, siempre; porque es semilla de egoísmo», mientras que «el todo, lo grande, es Jesús».

Que el Señor «ensanche nuestro corazón y nos haga humildes, mansos y magnánimos —rogó—, porque nosotros lo tenemos todo en Él.