Mensaje de los Obispos de México

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Con mucho cariño, a todas y a todos les hacemos llegar el saludo de Pascua con las motivantes y esperanzadoras palabras de Jesús resucitado, vencedor del mal y de la muerte: ¡La Paz sea con ustedes!

Con ustedes y como ustedes sentimos gran preocupación por el futuro de nuestro País. Por eso, ante las recientes Reformas Constitucionales aprobadas hacemos nuestras las inquietudes de nuestro pueblo y nos preguntamos de qué manera serán benéficas sobre todo para los que han estado permanentemente desfavorecidos, o si serán una nueva oportunidad para aquellos acostumbrados a depredar los bienes del País.

¿Qué garantizará que la Reforma Educativa impulse un verdadero desarrollo integral para todos; una reforma en la cual se reconozca el derecho fundamental de padres y madres de familia, y la sociedad en su conjunto asuma la responsabilidad que le corresponde; y no venga a alimentar una nueva estructura burocrática que sólo defienda sus propios intereses? ¡Sin educación de calidad no hay personas, ni pueblos libres!

¿Qué garantizará que la Reforma Fiscal fomente una contribución verdaderamente justa, equitativa, corresponsable, clara, sin complejidades y que sea utilizada con honestidad y transparencia para construir un país con menos desigualdades, que favorezca el empleo digno y bien remunerado y las inversiones productivas; o será una maraña en la que puedan evadirse o esconderse quienes se benefician de los recursos del pueblo de México? ¡Sin honestidad, veracidad y transparencia los recursos seguirán siendo botín de pocos!

¿Que garantizará que la Reforma Política consolide una auténtica democracia y una real participación ciudadana que supere las artimañas de los más habilidosos para lucrar con el poder? ¡Sin verdadero amor al prójimo, sólo habrá una búsqueda ambiciosa de pedazos de poder!

¿Qué garantizará que la Reforma Energética haga que los recursos del País se inviertan para superar los graves atrasos de gran parte de la sociedad mexicana, y que las inversiones públicas o privadas, nacionales o extranjeras sean promotoras de progreso social, humano y comunitario, y cuidadosas del medio ambiente, por encima de intereses particulares? ¡Si la persona humana no está por encima del dinero, el dinero le pondrá precio a cada persona!

¿Qué garantizará que la Reforma en Telecomunicaciones ponga al alcance de todos las ventajas de la tecnología, la calidad de los contenidos y el respeto a la dignidad y privacidad de los ciudadanos? ¡Sin verdad y sin justicia los monopolios sólo cambiarán de manos, la manipulación de la opinión pública y de los contenidos la definirán los intereses dominantes!

Las reformas son necesarias para adecuarnos al presente en la búsqueda de un futuro mejor. ¡Pero no nos engañemos! Si no se reforma la mente y el corazón, si no se reforma la conciencia que genere una auténtica escala de valores y nuestra capacidad de encuentro y fraternidad solidaria no habrá reforma que nos ayude a superar las intolerables desigualdades e injusticias sociales que nos llevan a estar más atentos por la vida privada de los artistas, que por el sufrimiento de los migrantes arrojados de un tren por no tener para pagar a los extorsionadores; o a ver como estadística y nota periodística los secuestros, la trata de personas, la impune actividad del crimen organizado, las cuotas forzadas, la violencia y los cadáveres decapitados en fosas clandestinas.

No podemos acostumbrarnos a tener en la pobreza a más de cincuenta millones de mexicanos, muchos de ellos en una miseria que les condena a morir sin atención médica. Esa indiferencia cómplice en contra del valor de la vida humana, es la que hace que se festeje que miles de niños en gestación sean sacados del vientre de la madre para ser arrojados a un bote de basura. ¡Nos falta una verdadera reforma interior para que el País sea mejor!

Aunque esta visión de la parte dolorosa de nuestra realidad podría llevarnos al fatalismo que nos vende la idea que ante el mal no hay solución; que es mejor legalizarlo en la droga o transar con él en el crimen, los creyentes, y en particular los cristianos, sabemos que el camino para superar todo lo que destruya la vida o la dignidad humana, necesita siempre la entrega generosa de la propia vida.

¡Cristo venció el mal y la muerte con el poder del bien y del amor! Él nos dice: “No tengan miedo, yo he vencido al mundo”. En consecuencia los cristianos católicos no podemos rendirnos, ni sentirnos derrotados, sino urgidos a participar con la fuerza del Espíritu de Cristo Resucitado.

A todos nos urge ser positivos y propositivos. No podemos lamentar el mal sin actuar contra él. La búsqueda personal y sincera del bien, la vida familiar como transmisora de valores y de comunicación armónica, los diversos grupos e iniciativas sociales que buscan el mejoramiento de la vida política, económica, cultural, familiar, social, laboral, etc. son espacios de participación. ¡Esa participación debe ser cada vez más consciente, organizada y oportuna! No dejemos que las decisiones queden en manos de unos pocos que miran a sus propios intereses. ¡Actuemos!

Nadie esta dispensado de actuar para hacer el bien. El País es de todos; y entre todos tenemos que sacarlo adelante haciéndonos más participativos. Sin participación social nos hundiremos.

Los recién proclamados santos, San Juan XXIII y San Juan Pablo II, trabajaron en medio de múltiples obstáculos por un mundo mejor para todos, por su fe en Jesucristo y amor al prójimo. Ellos son un referente para nuestra desafiante tarea. La Iglesia mexicana seguirá contribuyendo a generar paz y unidad en nombre de Dios.

Que Santa María de Guadalupe interceda por nosotros para que Dios nos conceda la inteligencia, la sabiduría y la valentía de construir juntos un México mejor.

Por los Obispos de México.

† José Francisco, Card. Robles Ortega                                    † Eugenio Lira Rugarcía
Presidente de la CEM                                                               Obispo Auxiliar de Puebla
Arzobispo de Guadalajara                                                                      Secretario General de la CEM

Jóvenes polacos en Roma: Juan Pablo II es “nuestro orgullo”

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polacos

ROMA, 26 Abr. 14 / 04:20 pm (ACI/EWTN Noticias).- Luego de haber viajado unas 20 horas para la canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII, jóvenes polacos han expresado su emoción por este evento y afirmaron que el Papa Wojtyla es “alguien especial” para el país.

“Creo que nuestro Papa fue alguien especial y es nuestro orgullo. Deberíamos estar orgullosos por este gran hombre”, dijo Kasia Kozba, una joven de 18 años este 25 de abril tras la Misa organizada por los Caballeros de Colón, quienes cedieron dos de sus campos deportivos en Roma para que acampen los peregrinos polacos.

La joven afirmó que estar en Roma significa bastante, especialmente porque se encuentra enferma y no se siente bien. Es difícil estar aquí, pero “era mi sueño y se hizo realidad, estoy realmente feliz”.

Recordó que cuando Juan Pablo II falleció, “fue una tragedia porque perdimos a alguien muy querido, pero sabemos que está en el Cielo y es aún más feliz ahora”.

Kasia también tuvo palabras de agradecimiento para el Papa Francisco, quien el 24 de abril envió un video mensaje para los fieles polacos. “Me gustaría agradecerle al Papa Francisco porque él también es alguien especial y creo que un día también será santo”.

Por su parte, Patrick y David, dos jóvenes de 23 años, dijeron a ACI Prensa que arribaron a Roma porque Juan Pablo II es una persona muy importante. En ese sentido, indicaron que si bien son bastante jóvenes para haber conocido realmente al Papa polaco, la devoción que le tienen los llevó a viajar hasta la capital italiana para la canonización.

“Sus palabras están todavía vivas en la Iglesia”, afirmó, pues los sacerdotes “siguen transmitiendo sus palabras, así que su enseñanza está, como dije, todavía viva”

Latinos y Españoles en vigilia de oración para canonizaciones

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Roma: Gran participación de latinos y españoles en vigilia de oración para canonizaciones

Plaza de San Pedro

ROMA, 26 Abr. 14 / 05:45 pm (ACI/EWTN Noticias).- Dentro de un clima de oración y fiesta, cientos de miles de peregrinos comenzaron a las 9 p.m. (hora local) de Roma, la vigilia de oración a la espera de la canonización de los Beatos Papa Juan XXIII y Juan Pablo II, prevista para el domingo a las 10 a.m. en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

Está previsto que durante la también llamada Noche Blanca, los fieles reflexionen sobre pasajes del Evangelio y extractos de los escritos de los dos Papas, elegidos por la Oficina Litúrgica del Vicariato de Roma.

La Diócesis de Roma acondicionó la iglesia del Gesù, situada en el corazón de la ciudad, para los peregrinos de lengua española, donde la comunidad del Camino Neocatecumenal desbordó el templo con la participación de miles de jóvenes.

En declaraciones a ACI Prensa, el P. Pablo Sala, de la Arquidiócesis de Valencia, refirió que la vigilia “es un momento histórico y un momento de gracia para toda la Iglesia donde confluyen unas circunstancias únicas”. “Esperamos muchos frutos espirituales de renovación, motivación y nuevas vocaciones”, añadió.

Llegado desde Bogotá (Colombia), el joven Henrich Navarro Gazka, explicó a ACI Prensa/EWTN Noticias que esta peregrinación está siendo una experiencia increíble. “Llegamos ayer noche. Estamos muy emocionados, somos una delegación muy numerosa de colombianos. Hemos llorado viendo este ambiente y hemos aprovechado para visitar las principales basílicas de la ciudad”, expresó.

Navarro aseguró que pasarán toda la noche ante el Santísimo y que tratarán de estar lo más cercano posible al Vaticano para disfrutar mañana de la ceremonia de canonización. “Hoy no vamos a dormir. Hemos venido a la Iglesia del Gesù porque sabíamos que había una celebración en español”, señaló.

Por otro lado, el joven Juan José Rodríguez Rojas, proveniente de Costa Rica, expresó a ACI Prensa su emoción por estar presente en “este momento histórico”. “Nunca antes dos Papas han canonizado a dos Papas. Un Papa como Juan XXIII que ha hecho tanto bien para la Iglesia y dio tanta fuerza, puso una línea editorial en la que los demás Papas le han dado una continuidad fabulosa”, añadió.

El joven señaló que especialmente en Costa Rica, la tierra donde acaeció el milagro que permite la canonización de Juan Pablo II, miles de personas participan en una vigilia en conexión con Roma, en el Estadio Nacional. “Estoy maravillado del ambiente que he encontrado a lo largo del día de hoy. Todo el mundo está presente en Roma, y esta es una gran fiesta”, concluyó.

Mientras tanto miles de fieles provenientes de cada rincón del mundo siguen recorriendo las calles de Roma y visitando iglesia por iglesia. La nota de color la ponen especialmente los latinoamericanos y los españoles, quienes caminan acompañados por cánticos e instrumentos musicales.

Benedicto XVI celebra canonización

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Benedicto XVI concelebrará la canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII

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Vaticano, 26 Abr. 14 / 08:04 am (ACI).- Aunque no estará en el altar, el Sumo Pontífice Emérito Benedicto XVI ha comunicado al Papa Francisco que estará presente en la Misa de canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II.

“El Papa Emérito Benedicto XVI ha aceptado la invitación del Papa Francisco de asistir a la canonización. Él concelebrará la Misa pero no en el altar”, anunció hoy el vocero del Vaticano, Padre Federico Lombardi en una conferencia de prensa.

Ante los periodistas reunidos en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el vocero explicó que Benedicto XVI no estará ante el altar sino junto con los cardenales y obispos.

El director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede explicó que debido a su avanzada edad, el Pontífice Emérito se sentará con los cardenales bajo un toldo especial para protegerlo del mal clima, en vez de estar directamente en el altar con el Papa Francisco.

La nada y el todo

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MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA DE LA DOMUS SANCTAE MARTAHE

Lunes 17 de junio de 2013

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 25, viernes 21 de junio de 2013 «La nada es semilla de guerra, siempre; porque es semilla de egoísmo. El todo, lo grande, es Jesús».

Sobre la correcta comprensión de este binomio se basa la mansedumbre y la magnanimidad que caracteriza al cristiano.

Así lo aclaró el Papa Francisco el 17 de junio. Comentando las lecturas del día —de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (6, 1-10) y del Evangelio de Mateo (5, 38-42)— el Pontífice se centró en el significado de «un clásico» de las enseñanzas evangélicas, es decir, el sentido de lo que Jesús dice respecto de la bofetada recibida en la mejilla, cosa a la que el cristiano responde ofreciendo la otra mejilla.

Algo —dijo el Papa— que va contra la lógica del mundo, según la cual a una ofensa se responde con una reacción igual y contraria. En cambio la ley de Jesús, su justicia, «es otra justicia, totalmente distinta a la del “ojo por ojo, diente por diente”».

El Santo Padre se refirió luego a la frase con la que Pablo concluye la página del pasaje leído durante la liturgia. Porque —explicó— «nos dice una palabra que tal vez nos ayudará a comprender el significado de la bofetada en la mejilla y otras cosas. Acaba, en efecto, diciendo esto: “Como gente que no tiene nada, y sin embargo, lo poseemos todo”». «Creo que es ésta —precisó— la clave de interpretación de esta palabra de Jesús, la clave para interpretar bien la justicia que Jesús nos pide, una justicia superior a la de los escribas y fariseos».

¿Cómo se resuelve la tensión entre la nada y el todo? El todo constituye la seguridad cristiana: «Nosotros estamos seguros de que lo poseemos todo, todo —insistió— con la salvación de Jesucristo. Y Pablo estaba convencido de ello hasta el punto de decir: Para mí lo que importa es Jesucristo, lo demás no interesa. En cambio para el espíritu del mundo el todo son las cosas: las riquezas, la vanidad, la importancia», y, al contrario, «la nada es Jesús». Ello —prosiguió el Santo Padre— se expresa en el hecho de que si a un cristiano se le pide diez, «él debe dar cien», porque «para Él el todo es Jesucristo».

Este es «el secreto de la magnanimidad cristiana, que va siempre con la mansedumbre. El cristiano es una persona que ensancha su corazón con esta magnanimidad. Tiene el todo, que es Jesucristo; las demás cosas son la nada. Son buenas, sirven, pero en el momento de la confrontación elige el todo» que es Jesús. Seguir a Jesús —previno el Pontífice— «no es fácil, pero tampoco es difícil, porque en el camino del amor el Señor hace las cosas de modo tal que nosotros podemos seguir adelante.

Y el Señor mismo nos ensancha el corazón». Cuando, en cambio, se tiende a seguir la nada, entonces «surgen los enfrentamientos en las familias, con los amigos, en la sociedad.

También los enfrentamientos que terminan en la guerra», porque «la nada es semilla de guerra, siempre; porque es semilla de egoísmo», mientras que «el todo, lo grande, es Jesús».

Que el Señor «ensanche nuestro corazón y nos haga humildes, mansos y magnánimos —rogó—, porque nosotros lo tenemos todo en Él.

Esos tipos de hipócritas

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MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTAHE

Miércoles 19 de junio de 2013

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 25, viernes 21 de junio de 2013

«Intelectuales sin talento, “eticistas” sin bondad, portadores de bellezas de museo»: éstas son las categorías de «hipócritas que tanto reprende Jesús». Las indicó el Papa Francisco en la misa del 19 de junio, por la mañana, en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, deteniéndose en la hipocresía, que existe también en la Iglesia, y en el daño que produce. El Pontífice recordó que «el Señor en el Evangelio habla numerosas veces de la hipocresía» y «contra los hipócritas».

Existen «los hipócritas de la casuística: son los intelectuales de la casuística», que «no cuentan con la inteligencia de encontrar y explicar a Dios»; permanecen sólo en la «casuística: “hasta aquí se puede, hasta aquí no se puede”»; son «cristianos intelectuales sin talento». Otros, en cambio, son los de los preceptos, que llevan al pueblo de Dios por un camino sin salida —prosiguió—. Son «eticistas» sin bondad. No saben lo que es la bondad. Son «eticistas»: «se debe hacer esto, esto, esto…». «Llenan de preceptos», pero «sin bondad». Y se adornan con «mantos, con muchas cosas para aparentar ser majestuosos, perfectos»; sin embargo «no tienen sentido de la belleza. Llegan sólo a una belleza de museo».

«El Señor habla de otra clase de hipócritas, quienes se mueven en ámbito sacro». Este caso es el más grave —advirtió el Santo Padre—, porque roza el pecado contra el Espíritu Santo. «El Señor habla de ayuno, oración y limosna —dijo—: los tres pilares de la piedad cristiana, de la conversión interior que la Iglesia nos propone a todos en Cuaresma. Y en este camino están los hipócritas, que presumen al hacer ayuno, al dar limosna, al rezar. Pienso que cuando la hipocresía llega a ese punto, en la relación con Dios estamos bastante cerca del pecado contra el Espíritu Santo. Éstos no saben de belleza, no saben de amor, no saben de verdad; son pequeños, viles».

No todo está perdido. Una ayuda para emprender «el camino contrario» viene de lo que dice Pablo en su segunda carta a los Corintios (9, 6-11): «nos habla de largueza, de alegría —prosiguió el Santo Padre—. Todos hemos tenido la tentación de la hipocresía. Todos. Todos los cristianos. Pero todos tenemos también la gracia, la gracia que viene de Jesucristo, la gracia de la alegría, la gracia de la magnanimidad, de la largueza». Pues bien: si «el hipócrita no sabe lo que es la alegría, no sabe lo que es la largueza, no sabe lo que es la magnanimidad», Pablo nos indica un camino alternativo hecho precisamente «de alegría, largueza y magnanimidad».

No dudó el Papa Francisco en referirse «a la hipocresía en la Iglesia». «¡Cuánto mal nos hace a todos!» —exclamó—. Incluso porque «todos nosotros tenemos la posibilidad de convertirnos en hipócritas». Por ello invitó a pensar en Jesús, «que nos habla de rezar en lo secreto, perfumar la cabeza el día del ayuno y no tocar la tromba cuando hacemos una obra buena». En esto, en la oración —aseguró, citando la parábola de Jesús del Evangelio de Lucas (18, 9-14)—, «nos hará bien la imagen tan bella del publicano: “Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador”. Y esta es la oración que nosotros debemos hacer todos los días, con la conciencia de que somos pecadores, con pecados concretos, no teóricos».

EL ARTE DE AMAR A LOS ENEMIGOS

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MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTAHE

Martes 18 de junio de 2013

 

Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 25, viernes 21 de junio de 2013

Amar a nuestros enemigos, a quienes nos persiguen y nos hacen sufrir, es difícil; ni siquiera es un «buen negocio». Sin embargo es el camino indicado y recorrido por Jesús para nuestra salvación. En su homilía del 18 de junio el Pontífice recordó que la liturgia propone estos días reflexionar sobre los paralelismos entre «la ley antigua y la ley nueva, la ley del monte Sinaí y la ley del monte de las Bienaventuranzas». Entrando en las lecturas —de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (8, 1-9) y del Evangelio de Mateo (5, 43-48)—, el Santo Padre se detuvo en la dificultad del amor a los enemigos, preguntándose cómo es posible perdonar: «También nosotros, todos nosotros, tenemos enemigos, todos. Algunos enemigos débiles, algunos fuertes. También nosotros muchas veces nos convertimos en enemigos de otros; no les queremos. Jesús nos dice que debemos amar a los enemigos».

«Jesús nos dice dos cosas —expresó el Papa afrontando la cuestión de cómo amar a los enemigos—: primero, mirar al Padre. Nuestro Padre es Dios: hace salir el sol sobre malos y buenos; hace llover sobre justos e injustos. Su amor es para todos. Y Jesús concluye con este consejo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”». Por lo tanto, la indicación de Jesús consiste en imitar al Padre en «la perfección del amor. Él perdona a sus enemigos. Hace todo por perdonarles. Pensemos en la ternura con la que Jesús recibe a Judas en el huerto de los Olivos», cuando entre los discípulos se pensaba en la venganza.

«Jesús nos pide amar a los enemigos -insistió-. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos». La oración hace milagros; y esto vale no sólo cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna antipatía, «alguna pequeña enemistad».

Es cierto: «el amor a los enemigos nos empobrece, nos hace pobres, como Jesús, quien, cuando vino, se abajó hasta hacerse pobre». Tal vez no es un «buen negocio» —agregó el Pontífice—, o al menos no lo es según la lógica del mundo. Sin embargo «es el camino que recorrió Dios, el camino que recorrió Jesús» hasta conquistarnos la gracia que nos ha hecho ricos.

JUSTICIA DE DIOS

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NO HACER JUSTICIA CON NUESTRAS

MANOS SINO CONFIARNOS EN DIOS

VATICANO, 03 Feb. 14 / 11:31 am (ACI/EWTN Noticias).- En la homilía de laMisa que esta mañana presidió en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco exhortó a no hacer justicia con las propias manos, sino confiar en Dios, especialmente en los momentos de oscuridad y prueba que la vida puede presentar.

Según señala Radio Vaticano, el Santo Padre reflexionó en su homilía en el pasaje en el que el rey David es traicionado por su hijo Absalón. El soberano huye triste porque “también el pueblo” estaba con el hijo en contra del rey. Y siente “como si este hijo estuviese muerto”. Pero “¿cuál es, entonces, la reacción de David ante esta traición del hijo?”.

El Pontífice indicó tres actitudes. Ante todo, David, “hombre de gobierno, toma la realidad como es y sabe que esta guerra será muy” dura y “que habrá muchos muertos”. Por lo tanto, “toma la decisión de no hacer morir a su pueblo”. Él, observó el Papa, “podía luchar en Jerusalén contra las fuerzas de su hijo”, pero decide que Jerusalén no sea destruida:

“David, ésta es la primera actitud, para defenderse no usa a Dios ni a su pueblo, y esto significa el amor de un rey por su Dios y su pueblo. Un rey pecador –conocemos la historia– pero también un rey con este amor tan grande: era tan apegado a su Dios y tan apegado a su pueblo y para defenderse no usa ni a Dios ni a su pueblo. En los malos momentos de la vida ocurre que quizás en la desesperación uno busque defenderse como puede y también usar a Dios y usar a la gente. Él no, la primera actitud es ésta: no usar a Dios y a su pueblo”.

Entonces David elige huir. Su segunda actitud es “penitencial”. Sube al monte “llorando”, caminando “con la cabeza cubierta y los pies descalzos”. Y toda la “gente que estaba con él tenía la cabeza cubierta y, subiendo, lloraba”. Es verdaderamente “un camino penitencial”. “Quizás –fue la reflexión del Santo Padre– en su corazón había pensado muchas cosas terribles, muchos pecados, que había cometido”, piensa no ser “inocente”. Piensa también que no sea justo que el hijo lo traicione, pero reconoce no ser un santo y “elige la penitencia”:

“Esta subida al monte nos hace pensar en esa otra salida de Jesús, también Él adolorido, descalzo, con su cruz subía el monte. Esta actitud penitencial. David acepta estar de luto y llora. Nosotros, cuando en nuestra vida nos pasa algo así buscamos siempre – es un instinto que tenemos – justificarnos. David no se justifica, es realista, busca salvar el arca de Dios, su pueblo, y hace penitencia por ese camino. Es un grande: un gran pecador y un gran santo. Como van juntas estas dos cosas… ¡Dios lo sabe!”.

En el camino, agregó el Papa, aparece otro personaje: Simei, que lanza piedras contra David y contra todos sus siervos. Es un “enemigo” que va maldiciendo a David. Uno de los amigos del rey afirma, por lo tanto, querer matar a este “desgraciado”, este “perro muerto”. Pero David lo detiene: “en vez de elegir la venganza contra tantos insultos, escoge confiarse en Dios”. Es más, dice dejar que Simei lo maldiga porque “se lo ha ordenado el Señor”. Y agrega: “Él siempre sabe aquello que ocurre, el Señor lo permite”.

Quizás – piensa David – el Señor mirará mi aflicción y me hará del bien en lugar de la maldición de hoy”. La tercera actitud de David es entonces el confiarse en el Señor. El comportamiento de David, observó Francisco, también nos puede ayudar, “porque todos nosotros pasamos en la vida” por momentos de oscuridad y de prueba. He aquí entonces las tres actitudes de David: “No negociar a Dios” y “nuestra pertenencia”; “aceptar la penitencia y llorar sobre nuestros errores”; finalmente “no buscar, nosotros, hacer justicia con nuestras manos, sino confiarnos en Dios”:

“Es hermoso sentir esto y ver estas tres actitudes: un hombre que ama a Dios, ama a su pueblo y no lo negocia; un hombre que se siente pecador y hace penitencia; un hombre que es seguro de su Dios y se confía en Él. David es un santo y nosotros lo veneramos como santo. Pidámosle que nos enseñe estas actitudes en los momentos malos de la vida”.

DIOS TAMBIÉN LLORA

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DIOS TAMBIÉN LLORA CON EL CORAZÓN DE

PADRE QUE NO RENIEGA NUNCA DE LOS HIJOS

VATICANO, 04 Feb. 14 / 02:03 pm (ACI/EWTN Noticias).- Dios también llora y su llanto es como el de un padre que ama a los hijos y jamás los reniega incluso si son rebeldes, sino que los espera siempre. Lo dijo el Papa Francisco durante la Misa presidida esta mañana en la Casa de Santa Marta.

Según señala Radio Vaticano, las lecturas del día presentan la figura de dos padres: el rey David, que llora la muerte del hijo rebelde Absalón, y Jairo, jefe de la Sinagoga, que suplica a Jesús sanar a la hija. El Santo Padre explicó el llanto de David después de recibir la noticia del asesinato del hijo, no obstante éste combatiese contra él para conquistar el reino.

El ejército de David ha vencido, pero a él no le interesaba la victoria, “¡esperaba al hijo! ¡Solamente le interesaba el hijo! Era rey, era jefe del país, ¡pero era un padre! Y de esta manera cuando llegó la noticia del fin de su hijo, fue sacudido por un estremecimiento: subió a la habitación de arriba… y lloró”.

“Yéndose decía: ‘¡Hijo mío, Absalón. Hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hubiera muerto yo en vez de ti! ¡Absalón, Hijo mío! ¡Hijo mío!’. Éste es el corazón de un padre, que jamás reniega a su hijo. ‘Es un bribón. Es un enemigo. ¡Pero es mi hijo!’. Y no reniega la paternidad: lloró… David lloró dos veces por un hijo: esta vez y la otra cuando el hijo del adulterio estaba por morir. También aquella vez ayunó, hizo penitencia para salvar la vida del hijo. ¡Era un padre!”

El otro padre es el jefe de la Sinagoga, “una persona importante – afirmó el Papa – pero ante la enfermedad de la hija no tiene vergüenza en arrojarse a los pies de Jesús: ‘¡Mi hijita está muriendo, ven a imponerle las manos, para que se salve y viva!’. No tiene vergüenza”, no piensa en lo que podrán decir los otros, porque es un padre. David y Jairo son dos padres”.

“¡Para ellos aquello que es lo más importante es el hijo, la hija! No existe otra cosa. ¡La única cosa importante! Nos hace pensar a la primera cosa que nosotros decimos a Dios, en el Credo: ‘Creo en Dios Padre…’. Nos hace pensar en la paternidad de Dios. Pero Dios es así. ¡Dios es así con nosotros! ‘Pero, Padre, ¡Dios no llora!’. ¡Cómo no! Recordamos a Jesús, cuando lloró mirando a Jerusalén. ‘¡Jerusalén, Jerusalén!”

Cuántas veces he querido recoger a tus hijos, como la gallina recoge sus pollitos bajo las alas’. ¡Dios llora! ¡Jesús ha llorado por nosotros! Y aquel llanto de Jesús es precisamente la figura del llanto del Padre, que nos quiere a todos en torno a sí”.

“En los momentos difíciles””, subrayó el Papa Francisco, “el Padre responde. Recordamos a Isaac, cuando va con Abraham a hacer el sacrificio: Isaac no era tonto, se dio cuenta que llevaban leña, el fuego, pero no la oveja para el sacrificio. ¡Tenía temor en el corazón! ¿Y qué cosa dice? ‘¡Padre!’. Y de inmediato: ‘¡Aquí estoy hijo!’”.

El Padre responde. Así, Jesús, en el Huerto de los Olivos, dice “con aquella angustia en el corazón: ‘Padre, si es posible, ¡aparta de mí este cáliz!’. Y los ángeles vinieron a darle fuerza. Así es nuestro Dios: ¡es Padre! ¡Es un Padre!”. Un Padre como aquel que espera al hijo prodigo que se ha ido “con todo el dinero, con toda la herencia. Pero el padre lo esperaba” todos los días y “lo vio desde lejos”. “Ese es nuestro Dios!” – observó el Pontífice – y “nuestra paternidad” – aquella de los padres de familia así como la paternidad espiritual de obispos y sacerdotes – “debe ser como ésta. El Padre tiene como una unción que viene del hijo: ¡no entenderse a sí mismo sin el hijo! Y por esto tiene necesidad del hijo: lo espera, lo ama, lo busca, lo perdona, lo quiere cercano a sí, tan cercano como la gallina quiere a sus pollitos”.

Para concluir el Papa exhortó a ir a casa “con estos dos íconos: David que llora y el otro, el jefe de la Sinagoga, que se arroja ante Jesús, sin miedo de avergonzarse y hacer reír a los otros. En juego estaban sus hijos: el hijo y la hija. Y con estos dos íconos digamos: ‘Creo en Dios Padre…’. Y pidamos al Espíritu Santo – porque sólo es Él, el Espíritu Santo – que nos enseñe a decir ‘¡Abba!, ¡Padre!’. ¡Es una gracia! Poder decir a Dios ‘¡Padre!’ con el corazón es una gracia del Espíritu Santo. ¡Pedirla a Él!”

QUIEN NO TIENE PACIENCIA NO CRECE Y SE QUEDA EN CAPRICHOS

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QUIEN NO TIENE PACIENCIA NO CRECE Y SE QUEDA EN CAPRICHOSVATICANO, 17 Feb. 14 / 11:14 am (ACI/EWTN Noticias).- En su homilía de la Misa que celebró este lunes en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco explicó que el cristiano debe ser paciente como es paciente Dios con cada uno de sus hijos, porque “la persona que no tiene paciencia es una persona que no crece” y se queda en los caprichos de niño.

“La paciencia no es resignación, es otra cosa”: el Papa comentó la carta de Santiago donde está escrito: “alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas”. “Parece una invitación a volverse faquir” –observó el Santo Padre según señala Radio Vaticano– pero no es así. La paciencia, soportar las pruebas, ‘las cosas que nosotros no queremos’, hace madurar nuestra vida”.

“Quien no tiene paciencia quiere todo de inmediato, todo de prisa. Quien no conoce esta sabiduría de la paciencia –subrayó el Santo Padre– es una persona caprichosa, como los niños que son caprichosos” y ninguna cosa les está bien.

“La persona que no tiene paciencia –explicó– es una persona que no crece, que se queda en los caprichos del niño, que no sabe tomar la vida como viene: o esto o nada. Ésta es una de las tentaciones: volverse caprichosos”. “Otra tentación de aquellos que no tienen paciencia – afirmó el Pontífice – es la omnipotencia” de querer de inmediato una cosa, como sucedió a los fariseos que piden a Jesús un signo del cielo: “querían un espectáculo, un milagro”.

“Confunden el modo de actuar de Dios con el modo de actuar de un brujo. Y Dios no actúa como un brujo, Dios tiene su modo de ir adelante. La paciencia de Dios. También Él tiene paciencia. Cada vez que nos dirigimos al sacramento de la reconciliación, ¡cantamos un himno a la paciencia de Dios! Con cuánta paciencia el Señor nos lleva sobre su espalda, ¡con cuánta paciencia!”

“La vida cristiana debe desenvolverse sobre esta música de la paciencia, porque es precisamente la música de nuestros padres, del pueblo de Dios, de aquellos que han creído en la Palabra de Dios, que han seguido el mandamiento que el Señor había dado a nuestro padre Abraham: ‘Camina delante de mí y se irreprensible’”.

El pueblo de Dios – constató el Santo Padre citando la Carta a los Hebreos – “ha sufrido tanto, han sido perseguidos, asesinados”, pero tuvo “la alegría de saludar desde lejos las promesas” de Dios. “Ésta es la paciencia” que “nosotros debemos tener en las pruebas: la paciencia de una persona adulta, la paciencia de Dios” que nos lleva sobre la espalda. Y ésta – prosiguió – es “la paciencia de nuestro pueblo”.

“¡Cuán paciente es nuestro pueblo! ¡Aún hoy! Cuando vamos a las parroquias y encontramos a aquellas personas que sufren, que tienen problemas, que tienen un hijo minusválido o tienen una enfermedad, pero llevan adelante la vida con paciencia. No piden signos, como aquellos del Evangelio, que pretendían una señal. Decían: ‘¡Danos un signo!’. No, no piden, pero saben leer los signos de los tiempos: saben que cuando el higo florece, llega la primavera; saben distinguir aquello. En cambio, estos impacientes del Evangelio de hoy, que querían una señal, no sabían leer los signos de los tiempos, y por eso no reconocieron a Jesús”.

El Papa Francisco alabó luego a la “gente de nuestro pueblo, gente que sufre, que sufre tantas, tantas cosas, pero que no pierde la sonrisa de la fe, que tiene la alegría de la fe”.

“Y esta gente, nuestro pueblo, en nuestras parroquias, en nuestras instituciones –tanta gente– es aquella que lleva adelante a la Iglesia, con su santidad, de todos los días, de cada día. ‘Hermanos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia. Y la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, a fin de que ustedes lleguen a la perfección y a la madurez, sin que les falte nada’”.

Que el Señor, concluyó el Santo Padre, “nos dé a todos nosotros la paciencia, la paciencia alegre, la paciencia del trabajo, de la paz, nos de la paciencia de Dios, ésa que Él tiene, y nos de la paciencia de nuestro pueblo fiel, que es tan ejemplar”.