DISPOSICIONES Y MÉTODO PARA LA LECTURA DE LA BIBLIA

1. ANTES DE COMENZAR LA LECTURA
Primero antes de comenzar la lectura de la Biblia, debemos dirigirnos a Dios por
medio de una corta oración. Conectarnos con Él, puesto que es el Señor el que nos va a
hablar.
No se necesita para ello ninguna oración prefabricada. Basta que elevemos
nuestra mente al Señor y hagamos una oración cualquiera, la que nos inspire el corazón.
Por ejemplo la de Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
Sin embargo hay oraciones muy hermosas. Por ejemplo:
“Señor, creo que en las Sagradas Escrituras que voy a leer, se
contiene tu Santa Palabra. Haz que la escuche con todo respeto y amor.
Ilumina mi mente para que por medio de ella conozca tu santa voluntad, y
mueve mi corazón para que cumpla con fidelidad lo que tú quieres de mí.
Te lo pido por Jesucristo, tu Hijo y Nuestro Señor. Amén.”
Segundo por medio de Jesucristo, que es quien puede abrir los sellos con que ese
Libro Sagrado está cerrado.
“¿Quién es el que puede romper las amarras de este Libro sellado?
Solamente Uno: Cristo” (Apoc. 5,5) “Lloraba yo mucho, porque no había
nadie que fuera capaz de abrir el rollo ni de examinarlo siquiera. Entonces
uno de los ancianos me dijo: No llores, ha vencido el león de Judá, el
retoño de David; él abrirá el rollo y los siete sellos”
De ahí la necesidad de conectarnos con el Padre, por medio de nuestro corazón

Debemos estar penetrados de sumo respeto hacia los Libros Sagrados: Los
personajes del AT oían la divina Palabra descalzos y rostro en la tierra, como consta en
Éxodo 3,5.
Los primitivos cristianos tenían tal veneración a la Biblia, que la encerraban, junto
con la Eucaristía, en el Sagrario. Ellos mismos copiaban capítulos enteros de su puño y
letra y los llevaban consigo, y al morir, los familiares los depositaban sobre su pecho.
Actualmente los cristianos conscientes, sienten también por la Biblia un respeto
santo. Por eso, en la Misa, en el momento de anunciarse la Palabra de Dios, el sacerdote
o diácono rezan una oración especial, los fieles se ponen de pie y se persignan; y una vez
acabada la lectura, el sacerdote besa la Escritura. En las misas solemnes, se inciensa,
además, la Biblia.
2. DURANTE LA LECTURA
a) Leer las Sagradas Escrituras, no corriendo, sino despacio, meditando lo que se
lee:
Es recomendable hacer la lectura a una hora fija y si es posible en un lugar
silencioso, en la casa o en la Iglesia y aún en la oficina.
Si eres padre o madre de familia, acostúmbrate a leer diariamente a una hora
oportuna con todos los tuyos. Es la mejor manera de “orar en familia” y de unirse
con Cristo que dice: “Allí donde dos o más se reunieren en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos”.
Hay quien propone para rumiar lo que se lee, copiar frases y textos. Nos hacemos
poco a poco de una buena selección de textos y habrá la ventaja de que los
aprenderemos de memoria.

b) Leer las Escrituras con espíritu de humildad. Cuando acudimos a sus páginas
en plan científico, histórico o cultural. Dios no se manifiesta porque no hay diálogo
con Él. En cambio cuando nos acercamos a ellas con disposición sencilla, como el
discípulo ante el maestro, el Señor nos va revelando “El gran amor con que nos
ama” (Ef. 2,4).
“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado a conocer
a los sencillos” (Mt. 11,25).
“Y si no, hermanos, tengan en cuenta quiénes han sido llamados,
pues no hay entre ustedes muchos sabios según los criterios del mundi, ni
muchos poderosos, ni muchos nobles.” (1 Cor. 1, 26-27)
“Mi orgullo despreciaba la sencillez (de las Escrituras) y mi
inteligencia no penetraba su sentido. Cuando más pequeño se haga uno,
mejor las penetrará; pero a mí me repugnaba hacerme pequeño y la
infatuación de mi vanidad me agrandaba a mis propios ojos” (San Agustín,
Confesiones)

c) Leer la Biblia con espíritu de fe. Es decir, creyendo firmemente que es el
mismo Dios el que nos habla ahora. La Biblia no es sólo el testimonio de un
pasado; tiene una dimensión eterna y siempre actual. Por ello, es también la fe de
la Iglesia de hoy que sigue escuchando al Padre y Señor que nos habla
constantemente.
d) Leer la Biblia, con espíritu de oración. “La Biblia hay que leerla de rodillas”,
decía un autor. En realidad hay muchísimos pasajes que se prestan para rezar y
meditar